Este pasaje nos recuerda la radicalidad en el seguimiento de Cristo. Es muy parecido al momento en que dice: «o eres frío o caliente, porque a los tibios los vomito de mi boca».
Ésta es una clara invitación a la coherencia de vida. No podemos seguir a dos amos porque amaremos a uno y odiaremos al otro.
El que sabe decirle sí al Señor, se mantiene en amistad con Dios y cada día va creciendo en el amor a los demás.
Aquel que dice no, es objeto predilecto de la Misericordia Divina a través de las plegarias y sacrificios que la iglesia ofrece por la conversión de los pecadores, además de la conciencia que adquieren de su miseria que les permite mantenerse humillados ante Dios.
Pero el tibio, que pretende servir a Dios y al diablo, está dividido internamente. No es capaz de escuchar ninguna voz, no experimente su miseria, por tanto no se siente necesitado de la Misericordia Divina. Es éste el gran peligro, su alma se encuentra privada voluntariamente de la gracia de Dios.
Jesús mío, no permitas que me convierta en un alma tibia, sacude mi corazón e inflama mi alma de amor por Ti para que yo sea capaz de buscarte, servirte y proclamarte como único Dios y Señor de mi vida.
«La memoria es muy importante para recordar la gracia recibida, porque si expulsamos este entusiasmo que viene del recuerdo del primer amor, los cristianos nos exponemos a un peligro muy grande: la tibieza. Los cristianos "tibios", están ahí, sí, son cristianos, pero perdieron la memoria del primer amor. Y sí, perdieron el entusiasmo. También perdieron la paciencia para «tolerar» las dificultades de la vida con el espíritu de amor de Jesús».
(Homilía de S.S. Francisco, 30 de enero de 2015, en santa Marta).